- Continuidad de los parques-
Cuento de Julio Cortazar del libro Final del Juego (1956)
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Tomado del sitio www.divulgon.com.ar

Cuando éramos pequeños no resultaba difícil imaginarnos cómo serían los confines del universo. Para algunos, el universo terminaba en un precipicio sin fondo, quizás en algún lugar no muy lejos de las exóticas geografías de Sandokan. Otros ubicaban los límites un poco más allá, para ellos, como para Truman Burbank de The Truman Show, el cielo no era más que una rígida bóveda pintada con estrellas y planetas, y del otro lado, inaccesible, estaba Dios tomando mate mientras miraba el show. Los más ilustrados imaginaban un universo infinito, pero ¿qué era el infinito?... si tal vez eran los mismos sabihondos que no se sonrojaban al apelar al “infinito más uno” a la hora de ganar alguna competencia de cantidad. Pero muchos otros dejaban de lado estas inquisiciones teóricas y gastaban las suelas jugando al fulbito en el potrero de la otra cuadra. Quizás, éstos últimos, sin saberlo, poseían la verdad en las puntas de los pies.

Recientemente, un tal Jean Pierre Luminet - físico, poeta y músico, un personaje seguramente más a gusto en un cuento de Borges que en el Observatorio de Paris- propuso que el universo es un espacio dodecaédrico de Poincaré. O


sea, el universo es como una pelota de fútbol, una de esas número cinco de cuero, con doce lados pentagonales, donde cada uno de ellos está asociado con su opuesto. Si uno sale por uno de los gajos de la izquierda, vuelve a entrar al universo por el gajo opuesto de la derecha. Si nuestro universo es como el imaginado por Luminet, al ir hacia adelante se regresaría al punto de partida, al mirar el horizonte cósmico veríamos nuestras propias espaldas (por supuesto, si obviamos el detalle de que la luz tardaría cientos de millones de años en surcar todo el ancho de los cielos y regresar al punto de donde partió). Esta es una versión de un universo finito pero sin bordes, sin necesidad de precipicios o bóvedas celestiales.

Por ahora, la geografía dodecaédrica es la que mejor logra explicar mediciones astronómicas recientes. Si vivimos o no dentro de una pelota de fútbol es muy prematuro decirlo. Mientras tanto, Julio Cortázar en “Continuidad de los parques”, nos relata una historia propia de un universo finito, en el cual mirar el horizonte cósmico se traduce en leer una novela, arrellanado cómodamente en un sillón de terciopelo verde…

Continuidad de los parques
por Julio Cortázar ( Final del juego - 1956)
 

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otro vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi enseguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles.

Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y


senderos
furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

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