- LA ULTIMA BATALLA, UN SKETCH MUY PARTICIPATIVO -
2º Olimpiada Nacional. Mendoza 1989
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Con cierto tino, el comando Federativo que dio origen a las Olimpiadas Nacionales de Profesionales en Ciencias Económicas, incorporó al cronograma olimpico y junto al esquema deportivo la competencia por sketches que debía guionar e interpretar cada Consejo a través de sus matriculados.

Las representaciones se escalonaban a lo largo de los dias de competencia olímpica en horarios nocturnos, para que todos puedan asistir y un jurado otorgaba el debido puntaje escénico de forma de obtener finalmente, el podio de esta disciplina tan particular.

Así se completaron las primeras olimpiadas en Termas de Rio Hondo en 1988. Los sketches eran realizados en el Teatro San Martin de esa localidad.

El año 1989 vino mas cargadito. En la segunda Olimpíada Nacional para asegurar la universalidad del público, los sketches se representarían en cada cena.
Entonces el cronograma olímpico se completaba cada una de las cuatro noches, se cree que en el gran gimnasio del Club Social Pacífico de Mendoza, donde unos 2.000 deportistas de todos los Consejos se reunian a cenar y de paso se representaban cuatro o cinco sketches por noche para regocijo de los comensales y supervisión del gran jurado.

Capital haria su presentación teatral la segunda noche.

Pero antes, repasemos la primer noche y los avances de lo que seria una puesta apoteótica.
La cena inaugural estaba dispuesta. Cada Consejo cómodamente sentado en el lugar seleccionado del gimnasio, transformado en salón comedor gigante. Los deportistas de Capital departían en varias hileras de mesas a la derecha del escenario, que estaba en el centro del local sobre el lateral mayor contrario a los portones de ingreso.

Las mesas esperaban servidas con los útiles característicos para cada comida y unos simpáticos recipientes repletos de pancitos. El locutor sube al escenario, da los hurras y bienvenidas, convoca a la palabra de las autoridades y en medio del entusiasmo del público presenta a cada Consejo, cuyos participantes levantaban la mano, agitaban sevilletas y coreaban una especia de “bravo” o “viva mi pago” cuando los nombraban. Asi pasaron Chaco, San Juan, Santa Fe, etc., etc. etc.
En el turno de Capital, los vítores estentóreos de los deportistas porteños se opacaron tímidamente por no pocos silbidos del resto de las provincias, a la vez que volaban escasos pancitos desde toda zona geográfica del gimnasio hacia las mesas de la delegación capitalina.
El hecho paso como una humorada, algo incómoda, pero una humorada.

Se hicieron los sketches esa primera noche y finalmente todos a descansar luego del postre.

En la segunda noche, Capital abria la escalada de sketches. Las mesas presentadas como el dia anterior, con la carga de pancitos distribuida. Dos matriculados de los que por ahora escapa su identidad, tenian el guionado listo y una puesta audaz como para ir pretendiendo el podio olímpico. Solo que necesitaban extras y salieron a buscarlos entre las mesas de sus colegas que pretendían cenar tranquilos luego de un dia de agotadoras justas deportivas.
Es así que el atleta Juan Carlos Campanelli, siempre entreverado en cuanta joda se organice, es reclutado como actor pasivo dentro de la futura representación artística y éste convence, implora y mas bien que arrastra como compañeros a los tambien atletas, Jose Luis Losada y Juan Jose Folatti, entre otros.

Llegado el momento, los convocados se reúnen entre


bambalinas con los dos matriculados que comandaban el sketch, mientras la gran concurrencia comenzaba con la cena ignorantes de lo que iba a acontecer.

Los actores principales se presentan y comentan como serian las actuaciones. Uno de ellos era el General Sorongoletti, invitado a una reunión de sociedad en la casa de un anfitrión imaginario, el otro un mozo atendiendo a los invitados a esa reunión. Los extras serían el resto de los invitados que debian simular estar tomando algo o conversando entre ellos.

Entonces el General, que estaba medio pirado, le pide al mozo que le sirva un par de huevos poché mientras compartia una ronda de invitados que le preguntan por su última batalla y “la toma de la colina”.
El General Sorongoletti explica vehementemente a la concurrencia las vicisitudes que lo llevaron a batallar. Las explicaciones se repartían entre tres o cuatro veces con distintas acciones donde luego de cada una de ellas el ruido de aviones en caida, bombas estallantes y ráfagas de metralla se combinaban con juegos de luces, previa penumbra del gimnasio, simulando resplandores y fulgores de munición.
Para eso habian instruido perfectamente al sonidista y al iluminador del evento en perfecta sincronización de guionado.

El final del sketch seria un chiste de forma que el General explicaba donde habian volado ciertas partes de los cuerpos de los soldados bajo su mando, en ese momento entra el mozo y se dirige el General ofreciendo el pedido y diciéndole – General, los huevos. A lo que Sorongoletti remataria refiriéndose a sus soldados, - los huevos no sé donde han ido a parar.
Jose Luis Losada, entusiasmado con la trama pero escéptico en cuanto a un final cuerdo, le comenta por lo bajo a Juan Carlos Campanelli: - Campa, nos van a cagar a panazos. Acordate ayer cuando nombraron a Capital, nos tiraron panes a la mesa donde estabamos sentados.
acá con toda esta escena y encima medio a oscuras, nos van a cagar a panazos.

El Campa respondió: - No. No creo, eso pasó ayer pero nada mas.
Con mucha expectativa los actores suben a las tablas. Comienza el sketch. Aparece el General Sorongoletti entre los invitados, luego el mozo, todo de acuerdo al guion.
Se vienen las explicaciones del General y ya sobre el final de la primera acompañando el gran despliegue escénico de ademanes y gestos del protagonista comienza la catarata de sonidos y luces de guerra. Instantáneamente el público presente comienza, desde las mesas, una furibunda lluvia de panazos sobre el escenario, solo amainada para escuchar una nueva explicación del General, al final de la cual otra vez: ruido, luces, fantasia de guerra y la lluvia de panes que cada vez era mas abundante.
En ese estado de cosas el mozo se refugiaba tras la bandeja y el General por fortuna tenia el casco puesto, pero el resto de los actores extras se agazapaba, buscaba ocultarse tras los cortinados o se usaban ocasionalmente de escudos mientras recogian panes del piso y devolvían munición al público en un acto de legítima defensa.
El sketch terminó. El escenario estaba regado de panes. El ámbito era un hervidero de algarabía como un divertimento adolescente. El locutor pidiendo calma y algunas autoridades clamando no continuar con las ejecuciones.

A partir de esa noche se suspendieron los sketches. Ni en esa olimpiada continuaron ni nunca mas hubo sketches en ninguna olimpiada.
En las cenas que faltaban las mesas recibían a los comensales con sus útiles característicos pero sin los panes, que eran servidos por los mozos al momento del primer plato e inmediatamente antes de servir el postre eran retirados los que quedaban.

Dicen que la última batalla fue la mejor. Queda en nosotros encontrar a sus protagonistas y obtener su testimonio.

 
Crónica de El periodista Maltés
Nino Manfredini

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